Simón Bolívar

«Jesús, que fue la luz de la tierra, no quiso dignidades ni coronas en el mundo». Simón Bolívar

Por Luis D. Salem 

Algo se ha escrito acerca de la posición religiosa de Simón Bolívar y su política con la iglesia; muy poco, casi nada, del contacto del héroe con la Santa Biblia. Los escritores que han tratado el primero de estos temas se hallan muy divididos. A partir del triunfo de la revolución, la iglesia católica le ha sido pródiga en homenajes, lo cual no sucedió en los días de la guerra. Los escépticos lo cuentan como suyo.

Las dos corrientes exageran. La religiosa se contradice en forma notable. La escéptica desconoce el alma del libertador. La contradicción de la posición clerical puede probarse con un hecho. Citemos el caso del cura Nicolás Valenzuela, desterrado de Bogotá durante el gobierno del general Francisco de Paula Santander, por su enemistad con la causa republicana. Según don José Manuel Groot «el doctor Valenzuela había sido un realista exaltado; había ofrecido quinientos pesos por la cabeza de Simón Bolívar, y había  hecho un sermón furioso contra los patriotas de la primer época de la república». 1 La actitud de Valenzuela fue la del alto clero durante la guerra de independencia y primeros días de la república. Esta actitud cambió rápidamente hacia una de admiración exagerada. Venga como un ejemplo la siguiente copla, cantada en los templos católicos de Lima, Perú, entre el Evangelio y la Epístola:

«De ti viene todo

lo bueno, Señor,

nos diste a Bolívar,

gloria a ti, gran Dios».2

Siguiendo el tono de la estrofa anterior los escritores católicos no ahorran esfuerzo en presentarnos al Bolívar para ellos ideal. En prueba de ello venga una cita de José Vasconcelos, escritor católico mexicano: «A los que hoy cultivan un bolivianismo hispanoamericanista moderno y hasta cierto punto masónico, conviene recordar cuál era la posición religiosa, íntima y pública del libertador del Sur. Tan católico como Hidalgo o como Morelos, Simón Bolívar, como presidente de Colombia y pese a lo breve de su gestión, tuvo oportunidad de celebrar concordatos con la Santa Sede…» En seguida Vasconcelos cita una carta enviada por Bolívar al papa León XII, el 7 de noviembre de 1828, de donde tomamos algunos párrafos: «Beatísimo Padre: Las provisiones de arzobispados para las iglesias vacantes de esta república que se ha dignado vuestra santidad hacer, han llenado de gozo al gobierno, a cuyas súplicas accedió Vuestra Santidad, y de consuelo a los fieles cuyas necesidades redimió. Imitando Vuestra Santidad al Padre de las luces, ha concedido un don perfecto a esta parte del rebaño de Jesucristo, dándole pastores de su elección, conocidos antes por sus virtudes, y capaces por su saber y doctrina, de enseñar la religión y la fe, y, por su ejemplo, de inspirar la moral y costumbres. El beneficio ha sido inmenso para estas iglesias, viudas por un número de años considerable; la escasez de sacerdotes era extrema: multitud de parroquias se hallaban sin párroco, y los fieles privados de los sacramentos, carecían de la divina palabra y de los bienes de la religión. Ha cesado esta orfandad en que yacíamos en lo espiritual innumerables personas, y lo deben al Vicario de Jesucristo. Reciba, pues, Vuestra Santidad, la expresión de nuestra gratitud; y el pueblo de esta república las más sinceras protestas de su adhesión y respeto a la Silla Apostólica y a la cabeza visible de la Iglesia Militante».

Después de la transcripción anterior Vasconcelos continúa: «Esta posición de Bolívar en el gobierno fue ratificada ampliamente cuando, ya vencido, y proscrito pronunció aquellas palabras proféticas: “¿Acaso hemos arado en el mar?”. En los últimos días antes de su muerte, Bolívar vuelve a sus dos amores fundamentales: la patria y la religión.

”Pero la patria no era para él una cosa improvisada, que nacía con el movimiento de independencia, y vaya si alguien pudiera tener derecho a arrancar de su persona el concepto de la nueva patria, ese era Bolívar, fundador de nacionalidades. Sin embargo, la profundidad de su espíritu comprendía que una cosa son las creaciones de la policía y otra es la savia que crea los pueblos; la savia hispanoamericana es española, y así lo reconoció Bolívar, refugiándose en la casa de un amigo español.

”La guerra de independencia había sido una guerra civil y urgía, mientras más pronto mejor, consumar la reconciliación. Reconciliación con España y reafirmación católica cuando en torno de él y en la misma Colombia, no faltó quien pretendiera aprovechar la guerra civil para llevar la opinión de nuestros pueblos hacia ideologías extrañas como el protestantismo ni por un momento transige Bolívar con esta tendencia. De suerte que se concilia muy mal el pensar y el sentir de Bolívar, con liberalismo izquierdista que hoy toma su nombre para llevar adelante propósitos sombríos».3

El señor Vasconcelos (en los párrafos citados) muestra solo un lado de la moneda. Presenta al Bolívar anciano y enfermo, pero no al joven director de los ejércitos que realizó la independencia.

La historia nos dice que una vez establecido el gobierno republicano en los países organizados por Bolívar, la opinión política se dividió en dos partidos. Bolívar abogaba por un gobierno fuerte, a lo cual se opuso el alma democrática de Francisco de Paula Santander. El clero, por instinto prodigioso de supervivencia, estimuló a Bolívar, quien se respaldó en sus nuevos y poderosos amigos. En esto solo juega la política, mas no las convicciones religiosas. En la misma carta que Bolívar envía al Papa se nota la política; el libertador se goza de que el Papa haya nombrado obispos gratos a Bolívar. El libertador tenía miedo del nombramiento de obispos hostiles a la república en un pueblo de formación católica. Sobre esto volveremos un poco más tarde.

El alma de Bolívar estaba nutrida en las doctrinas en la Enciclopedia, liberal y escéptica. Estas ideas llegaron al hijo de Caracas por medio de su maestro Simón Rodríguez, roussoniano de todo corazón.

El respaldo del clero a Bolívar y de la masonería a Santander llama la atención de don Laureano García Ortiz, haciéndolo decir: «Bolívar durante su vida adoleció un poco del indiferentismo escéptico, tan extendido en el siglo XVII. No así Santander que durante toda la suya proclamó, de palabra y ejemplo, sus arraigadas creencias católicas».4 Al comentar este hecho, dice don Rufino Blanco Fombona: «La iglesia obra ilógicamente, aplaudiendo a Bolívar, que fue toda su vida un escéptico, y no a Santander que fue toda su vida fervoroso católico».5

Bolívar tuvo fuertes altercados con el clero. La carta dirigida a León XII, citada por Vasconcelos como confesión de fe religiosa, solo deja ver un asunto político. Bolívar gobernaba un pueblo muy católico donde no sería prudente adelantar una lucha anticlerical. Esta actitud de Bolívar es muy clara en la respuesta que dio al comodoro Hull, de la Armada Norteamericana, cuando este le preguntó si sería tolerada en Colombia la religión protestante, a lo cual respondió Bolívar: «Cuando se discutió la Constitución de Bolivia, conociendo que no sería admitida la tolerancia de ninguna otra religión más que la católica, puse cuidado en que no se dijese nada sobre religión. De manera que como no hay una cláusula que prescriba la forma de culto, los extranjeros pueden adorar a Dios como les parezca. El pueblo de Colombia no se halla preparado todavía para ningún cambio en materia de religión. Los sacerdotes tienen una gran influencia con la gente ignorante. La libertad de religión debe ser consecuencia de las instituciones libres y de un sistema de educación general. Yo he hecho establecer el sistema lancasteriano en Colombia; y eso solo hará a la generación venidera superior a la presente».6

Todo indica que el héroe anhelaba la libertad religiosa pero, conocedor de su gente, temía perder la mayoría de votos ante una advertencia clerical. Entonces evitó que el problema fuese llevado al congreso. De otra parte, aspiraba a educar al pueblo preparándolo para el día en que la libertad de religión pudiera ser reconocida. Como un principio en la preparación del anhelado día, Bolívar estableció las escuelas lancasterianas, sistema introducido en América latina por Diego Thomson, pastor bautista inglés. José Láncaster, padre del sistema pedagógico que lleva su nombre, fue un prominente protestante, también de nacionalidad británica.

Volvamos al caso de las luchas entre el clero y don Simón Bolívar. Al hacer las citas que leeremos a continuación no nos conmueve un sentimiento de anticlericalismo, cosa ya del pasado. Simplemente lo hacemos con el deseo de esclarecer una cuestión histórica que ha sido erróneamente explotada por incrédulos de un lado y por algunos fanáticos religiosos del otro. Ni con los primeros ni con los segundos simpatizamos nosotros. Nuestro ideal es el de proclamar el evangelio de Cristo en una predicación basada en las sagradas escrituras, tal como los buenos corazones (católicos y protestantes) lo hacen en la actualidad.

Vamos al grano: el 7 de noviembre de 1812, el entonces coronel Simón Bolívar, explica al congreso, en Cartagena, las causas de la caída de Puerto Cabello en manos de los realistas. En esa ocasión dijo el futuro libertador: «Una estúpida indulgencia para los ingratos, pérfidos españoles, siempre sorprendidos en atentados y subversiones intestinas y siempre impunes en sus atroces delitos: injusticia que causó ciertamente el incurable mal que nos redujo nuevamente a la esclavitud. Y, en fin, el fanatismo religioso, hipócritamente manejado por el clero, empeñado en trastornar el espíritu público por sus miras de egoísmo e interés de partido; teniendo la pérdida de su preponderancia sobre los pueblos supersticiosos. Todo vino a concurrir a un tiempo para preparar nuestras cadenas».7

En sus Memorias dirigidas a los ciudadanos de la Nueva Granada, dice: «Si Caracas, en lugar de una confederación lánguida e insubsistente hubiese establecido un gobierno sencillo, cual lo requería su situación política y militar, tú existieras, oh Venezuela, y gozarías hoy tu libertad.

”La influencia eclesiástica tuvo, después del terremoto, una parte muy considerable en la sublevación de las ciudades subalternas, y en la introducción de los enemigos al país, acusando sacrílegamente de la santidad de su ministerio un favor de los promotores de la guerra civil. Sin embargo, debemos confesar ingenuamente, que estos traidores sacerdotes se animaban a cometer sus execrables crímenes, de que justamente se les acusó, porque la impunidad de los delitos era absoluta, la cual hallaba en el congreso único escandaloso abrigo, llegando a tal punto esta injusticia que la insurrección de la ciudad de Valencia, que costó su pacificación cerca de mil hombres, no se dio a la vindicta de las leyes un solo rebelde, quedando todos con vida, y los más con sus bienes… Es muy probable que al expirar la península haya una prodigiosa emigración de hombres de todas clases, y particularmente de cardenales, arzobispos, obispos, canónigos y clérigos revolucionarios, capaces de subvertir, no solamente nuestros tiernos y lánguidos estados, sino envolver al Nuevo Mundo en una espantosa anarquía.

”La influencia religiosa, el imperio de la dominación civil y militar, y cuantos prestigios puedan obrar sobre el espíritu humano, serán otros tantos instrumentos que se vendrán para someter estas regiones… Levantarán quince o veinte mil hombres que disciplinarán prontamente sus jefes, oficiales, sargentos, cabos y soldados veteranos.

”A ese ejército seguirá otro todavía más terrible de ministros, embajadores, consejeros, magistrados, toda la jerarquía eclesiástica y los grandes de España, cuya profesión es el dolo y la intriga, condecorados con ostentosos títulos, muy apropiados para deslumbrar a la multitud, que derramándose como un torrente, lo inundaran todo, arrancando las semillas y hasta las raíces de la libertad de Colombia. Las tropas combatirán en el campo; y estos desde sus gabinetes, nos harán la guerra por los resortes de la educación y el fanatismo».

De párrafos como estos está salpicada la obra literaria de Bolívar, especialmente sus discursos, aunque también sus numerosas cartas. ¿Qué fue entonces Bolívar en materia religiosa? Un creyente en Dios con ribetes de escepticismo como lo fueron muchos de los pensadores europeos de dicha época. Quizá por esta causa muchas veces deja escapar frases como éstas: «Dogmas y misterios son hijos de la superstición y de la impostura». 8 «No gusto de entrar en metafísicas que suelen descansar sobre bases falsas» (Op cit. p. 54).

Concluimos afirmando que Bolívar siguió las ideas filosóficas de la Enciclopedia, pero sintió palpitar muy hondo en el alma la idea de Dios. Por esta razón, al contemplar un hermoso paisaje neogranadino, exclamó: «¡Qué grandeza! ¡Qué magnificencia! ¡Aquí Dios se ve, se siente, se palpa!».

En los días en que se discutían las leyes para las nacientes repúblicas hubo muchas discusiones sobre el problema de la libertad de cultos. Al discutir y aprobar la Constitución de Bolivia, omite el principio de una religión para el nuevo país.

En 1826 explica a los legisladores bolivianos esta actitud, diciendo: «La religión es la ley de la conciencia. Toda ley sobre ella la anula, porque imponiendo la necesidad del deber, quita el mérito de la fe, que es la base de la religión. Los preceptos y los dogmas sagrados son útiles, luminosos, de evidencia metafísica; todos debemos procesarlos; mas este deber es moral, no político.

”Por otro lado, ¿cuáles son los deberes y derechos del hombre hacia la religión? Estos están en el cielo; allá el Tribunal recompensa y hace justicia, según el Código que ha dictado el Legislador. Siendo todo esto de jurisdicción divina, me parece a primera vista sacrílego y profano mezclar nuestras ordenanzas con los mandamientos del Señor. Prescribir, pues, la religión no toca a los legisladores… Los pastores espirituales están obligados enseñar la ciencia del cielo.

”El ejemplo de los verdaderos discípulos de Jesús es el maestro más elocuente de su divina moral; pero la moral no se manda, ni el que manda es maestro, ni la fuerza debe emplearse en dar consejos. Dios y sus ministros son las autoridades de la religión, que obran por órganos y medios exclusivamente espirituales; pero de ningún modo el cuerpo nacional que dirige el Poder Público a objetos puramente temporales».9

Jesucristo fue para Bolívar un ejemplo de vida. En una recepción que le hicieron algunos sacerdotes en Ecuador, deja escapar las siguientes declaraciones: «Jesús, que fue la luz de la tierra, no quiso dignidades ni coronas en el mundo. Él llamaba a los hombres hermanos, les enseñó la igualdad, les predicó las virtudes civiles más republicanas y les mandó ser libres porque les amonestó que debían ser perfectos. No hay perfección en la servidumbre, ni moral en el letargo de las facultades activas de la humanidad».10

Hemos tratado la posición religiosa de Bolívar y su actitud frente a la iglesia en sus días. No podía ser otra cosa Bolívar en un siglo dominado por el enciclopedismo, inspirador de la emancipación hispanoamericana. Atribuir a Bolívar declaraciones de fe religiosa en favor de determinado credo, es incorrecto.

¿Cuál fue la posición de Bolívar frente a las Sagradas Escrituras? Podemos anotar dos o tres hechos que arrojan luz sobre tan interesante tema. En carta dirigida al general Santander, el Libertador afirma haber estudiado en Europa bajo la dirección del Marqués de Ustáriz, a «Locke, Condillac, Buffón, D’Alembert, Helvetius, Montesquieu, Mably, Filangrieri, Lalande, Rousseau, Voltaire, Rollón, Berthelot y todos los clásicos de la antigüedad, así filósofos, historiadores y poetas; y todos los clásicos modernos de España, Francia, Italia, y gran parte de los ingleses». Verdad que aquí no se menciona la Biblia, pero sería increíble que un espíritu tan dedicado a la lectura no haya (entre los clásicos de la antigüedad) leído las Sagradas Escrituras.

Esta afirmación puede probarse con referencias a pasajes de la Biblia que se hallan en discursos y cartas del prócer. Al repasar la voluminosa colección de Cartas del Libertador, hallamos una escrita por Jane Porter, escritora inglesa. Por esta carta sabemos que la señorita Porter envió una Biblia al general Bolívar por intermedio de su hermano Roberto K. Porter, escritor, músico y pintor, a la sazón cónsul de Inglaterra en Venezuela. A continuación la carta de la señorita Porter: 

«Exeter, julio 23 de 1828. 

A.S. E. El General Bolívar:

Miss Jane Porter tiene el honor de manifestar su profundo respeto al General Bolívar, después de haber tenido el gusto de saber, por medio de su querido hermano, Sir Robert Ker Porter, que los humildes esfuerzos hechos por ella para retratar al verdadero personaje heroico, han merecido la aprobación de V. E., que no solo ha sido elevado por la Providencia a ser el Libertador de medio mundo, sino que hasta ahora ha demostrado que su misión tiende a más altos fines, a los del patriota que al mismo tiempo que da la libertad política a su patria, dice a sus hijos que si no añaden la virtud de la libertad, por medio de sus leyes justas y de una educación sólida, seguirán siendo esclavos de sus vicios, y por tanto, esclavos de cualquier hombre o de cualquier cosa que tenga el poder de halagarlos. Solo la virtud es independiente.

Tal es el principio que los hombres de Inglaterra ven en la marcha libertadora del General Bolívar. Su espada ha sido, en verdad, la espada del Señor de Gedeón, y sobre ella han de caer las bendiciones del Altísimo: ya desenvainada por la injusticia en la misericordia; ya envainada por la misericordia en la justicia; porque su espíritu es su guía. 

Con esta fe una hija de Inglaterra, se atreve a presentar al General Bolívar, como la más alta prueba de su reverencia, el Santo Libro, sagrado para toda la humanidad, que su patria ha publicado en la lengua de él, así como en la de ella, y en el cual están reunidas las perfecciones de toda virtud, de todo heroísmo, de todo patriotismo, completando la roca en que el Todopoderoso asienta a una nación y al que la rige.

Que aquella siga siendo la piedra fundamental y el monumento eterno de la libertad conferida por Simón Bolívar.

Jane Porter»11

La carta anterior llegó a manos de Bolívar cinco meses después de haber sido escrita. El señor Porter envió la Biblia a Bolívar con una carta en donde recalca el aprecio de la escritora por la obra del Libertador. No hemos localizado la respuesta de Bolívar. Quizás se perdió. De todos modos, dada la finura del prócer, especialmente su cortesía con el bello sexo, esta carta recibió su respuesta. ¿Qué diría Bolívar en esa respuesta? Seguro que meditó mucho en las últimas líneas de la carta de la señorita Porter: «Que aquella (la Biblia) siga siendo la piedra fundamental y el monumento eterno de la libertad conferida por Simón Bolívar».12

Por último, simplemente como una curiosidad histórica, citamos el caso de doña Manuela Sáenz, mujer que compartió con Bolívar luchas y victorias y que amó profundamente al prócer y a cuanto a él pertenecía. Doña Manuela, en su vejez, nos dice Ricardo Palma, fue adicta a las lecturas de la Biblia porque «sus antiguos humos de racionalista iban evaporándose».

Copiamos al pie de la letra, el párrafo en que el autor de Tradiciones Peruanas narra esta afición de doña Manuela: «¡Qué contraste con las aficiones de doña Manuela! Esta leía a Tácito y a Plutarco; estudiaba la historia de la península, en el Padre Mariana, y la de América en Solís y Garcilaso; era apasionada de Cervantes y para ella no había poetas más allá de Cienfuegos, Quintana y Olmedo. Se sabía de coro el Canto a Junín y parlamentos enteros del Pelayo; sus ojos, un tanto abotagados ya por el peso de los años, chispeaban de entusiasmo al declamar los versos de sus vates predilectos. En la época en la que conocí una de sus lecturas favoritas era la traducción de los Salmos por el peruano Valdés; Doña Manuela empezaba a tener ráfagas de ascetismo, y sus antiguos humos de racionalista iban evaporándose».13

Notas:

1.      Groot, José Manuel. Historia Eclesiástica y Civil de la Nueva Granada. Editorial A. B. C. Bogotá, 1953. Tomo IV, p. 76.

2.      Blanco, Fombona, Rufino. El pensamiento vivo de Bolívar. Losada, Buenos Aires, 1958, p. 62.

3.      Vasconcelos José. Temas contemporáneos. Editorial Novaro, México, D. F. 1955, p. p. 133-136.

4.      García Ortiz, Laureano. Estudios Históricos. Bogotá, Tomo I p. 162.

5.      Blanco, Fombona, Rufino. El pensamiento vivo de Bolívar. Losada, Buenos Aires, 1958, p. 17.

6.      Ibidem, p.59.

7.      Bolívar Simón. Discursos y Proclamas, Editorial Garnier, París.

8.      Blanco, Fombona, Rufino. El pensamiento vivo de Bolívar. Losada, Buenos Aires, 1958, p. 54.

9.  Blanco, Fombona, Rufino. El pensamiento vivo de Bolívar. Losada, Buenos Aires, 1958, p. 54.

10.  Bolívar Simón. Discursos y Proclamas, Editorial Garnier, París, p. p. 111-112.

11.  Ibidem, p. 117.

12.  O’Leary Daniel Florencio, Memorias, Impresora de la Gaceta Oficial, Caracas, 1881, p. 260.

13.  Palma Ricardo. Tradiciones Peruanas. Aquilar, Madrid, 1964, p. 963.

 

Tomado de El Dios Escondido de los Libertadores por Luis D. Salem, Casa Unida de Publicaciones, México, D. F., 1970.


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