Esperanza para pacientes de lupus
Aprender a cohabitar con el lobo
Por Jesús Mejía Valdez
Después de que se me nublara la vista y que las piernas no me respondieran, caí en el duro campo deportivo. Bajo el sol ardiente del verano, mi respiración se agitaba y sentía que el corazón se me salía del pecho. Me rodearon mis compañeros de equipo.
«¿Qué pasa?», preguntaron.
Me levanté con ayuda sin saber con exactitud qué estaba sucediendo. Aún no terminaban los primeros cuarenta y cinco minutos del partido.
Antes de estos eventos consideraba que tenía una buena condición física, pero no era la primera vez que algo así me sucedía. A ese día en el campo de fútbol le siguieron calambres en las piernas e inflamación en las articulaciones de mis manos.
Mis padres se preocuparon y hablaron con uno de mis hermanos mayores, que era pasante de medicina y estaba iniciando su especialidad médica. Después de realizarme estudios de laboratorio y ser asesorados por médicos especialistas, optaron por trasladarme a la Ciudad de México, a un hospital de tercer nivel.
Así me despedí de mi familia. Mi madre preocupada, con los ojos húmedos, sin entender exactamente qué le sucedía al menor de sus siete hijos. Sus cálidos brazos maternos me soltaron. Ella hubiera dado lo que fuera por acompañarme, pero tenía que quedarse con el resto de la familia.
Al llegar a dicho nosocomio me encontré en una habitación con cinco pacientes, la mayoría de la tercera edad. Examiné el lugar con una mezcla de asombro y tristeza, sin saber que dicha habitación sería mi «casa» por el siguiente mes. Mi estancia en el hospital no fue nada fácil; tenía dieciséis años y me hacía falta la compañía de mis padres, en especial de mi mamá.
Pasaba mucho tiempo solo, pues aunque mi hermano estaba en la Ciudad de México, cursaba su primer año de especialidad. Entre las dificultades de transporte en la gran urbe y sus guardias hospitalarias, le era muy difícil visitarme.
Al cabo de muchos estudios de laboratorio, rayos X y dos cirugías, concluyeron que padecía una afección renal secundaria a una enfermedad llamada lupus, del latín «lobo». ¿Qué era eso? Lo primero que entendí fue que ya no podría asolearme y por consiguiente jugar fútbol.
Al egresar del hospital continué con un tratamiento de varios medicamentos, entre ellos altas dosis de cortisona que inflamaron mi cuerpo, en especial mi cara que parecía una luna llena. Sin embargo, poco a poco fui adaptándome a esta nueva vida con restricciones y pude seguir estudiando.
Ingresé a la facultad de medicina, pero dos años después inició lo verdaderamente difícil. De manera súbita, perdí el brillo de la pupila izquierda y las tonalidades de los colores se volvieron opacas. A pesar de nuevos tratamientos, en unas semanas, perdí la visión de ese ojo y sólo percibía sombras.
El especialista pronosticó discapacidad visual total de ambos ojos en menos de cinco años, pero Dios tenía otros planes para mi vida. Así terminé la carrera de médico general y tras una pausa de dos años, pude realizar la especialidad en pediatría.
En el segundo año de especialidad me uní en matrimonio con la compañera que Dios tenía para mí, y ahí vino una prueba más. Los medicamentos habían afectado mi capacidad reproductiva, lo cual nos causaba ansiedad a ambos, pero más a mi esposa.
Con la esperanza de lograr un embarazo decidimos suspender el medicamento por un tiempo y descansar en las manos del Señor, confiando en que Él nos mostraría su voluntad. Así fue. Cuatro años después nació nuestra amada hija.
Mi visión ha seguido disminuyendo, y otras áreas de mi cuerpo siguen siendo afectadas. Pero ahora que hago esta remembranza, sigo convencido de que el Señor ha estado conmigo en todo momento, Él ha sido suficiente y ha colocado a las personas necesarias en cada etapa de mi enfermedad; mi familia, múltiples médicos y mi esposa, que ha sido un gran apoyo y una ayuda idónea.
El Señor ha cuidado de mí estos 47 años, y aunque «el lobo» sigue ahí, he aprendido a cohabitar con él en paz. Descanso en la promesa de Dios: Él es mi buen pastor y por eso sé que hasta que Dios me llame a su presencia nada me faltará (Salmos 23:1).
Aprender a cohabitar con el lobo