Una historia de pandemia

Foto por Maddy Morrison

Foto por Maddy Morrison

La situación por segundos se tornó aún más tensa

Por Gabriel Vera

El 29 de mayo me dirigí al supermercado. Había mucha gente e hice fila por casi una hora.

 Al llegar me di cuenta de que había un guardia en la puerta de acceso. Al avanzar en la fila y acercarnos al punto de control, sucedió algo impensado y dramático.

 Delante de mí había un matrimonio. Cuando llegó su turno les tomaron la temperatura. El hombre estaba bien, pero con su esposa el termómetro digital marcó 38.9°C. Dio una alerta en color rojo y un fuerte sonido, avisando que sobrepasaba la temperatura normal de una persona. La mujer tenía fiebre.

 El guardia exclamó a gran voz: —¡Usted tiene fiebre, usted no está bien! 

 De inmediato, dio dos o tres pasos hacia atrás y llamó por radio a su supervisor pidiendo refuerzos. El esposo alegaba que su mujer no tenía fiebre. 

 Instintivamente, yo di un paso atrás y toda la fila se dio cuenta de esta situación e hizo lo mismo. Hasta ese minuto, la mujer era candidata a estar contagiada con COVID-19.

 El guardia, para confirmar, tomó de nuevo su temperatura en otras partes del cuerpo y seguía marcando que tenía fiebre. La fila estaba inquieta, algunos salieron de ella. Yo quedé inmóvil. Me vi solo detrás de ese matrimonio y en una situación difícil.

 Llevaba una hora detrás de ellos, respirando literalmente su mismo aire. No les niego que pensé de inmediato en mi familia y en la posibilidad de ser contagiado. Me consolaba el hecho de que, si así fuera, fue por buscar alimentos y no otra cosa.

 Luego de eso, empecé a sentir una profunda pena por ese matrimonio. Habían sido tratados según el protocolo como posibles contagiados. Estábamos en eso cuando llegó el guardia supervisor y se hizo cargo. Tomó la temperatura a la mujer y el instrumento volvió a marcar en rojo.

 La situación por segundos se tornó aún más tensa, pero el supervisor exclamó una frase esperanzadora y llena de alivio que dejó atónitos a todos: —Las pilas del termómetro están bajas. 

 Cambió las pilas, se midió la temperatura, se la midió a su colega y luego regresó a donde estaba la mujer para volver a tomársela. A estas alturas, ella tenía ya un semblante terrible, por haber sido humillada y discriminada en medio de toda esa situación.

 Su temperatura, 36.2°C. Estaba sana. Los guardias pidieron disculpas y la vida de este matrimonio volvió a la normalidad.

 Esta experiencia, me llevó a reflexionar sobre otro tipo de problema que a veces enfrentamos. Quizás la pandemia más grave sea distanciar emocionalmente a alguien que lo único que necesita es un abrazo, una palmada en la espalda, un poco de ayuda, una asistencia o alguien que le diga: «Saldremos de esta».

 Que Dios nos dé la suficiente sabiduría, tino y sensibilidad para ayudar con empatía a quien nos necesite.


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