Bástenos su gracia

Foto por Abigail Eager

¿Podemos lograrlo?

Por Javier Campos

Ese domingo salimos tarde de Zamora rumbo a Ciudad de México. Llovía y con ingenuidad esperábamos llegar temprano a casa; sin embargo, antes de llegar a Irapuato se nos ponchó una llanta. En medio de la lluvia la cambiamos y sin encontrar un lugar que pudiera ayudarnos a arreglarla, seguimos el viaje.

Faltaba poco para  llegar a la ciudad y de repente, otra llanta ponchada. Nos encontramos en las mismas circunstancias: lluvia, se hacía tarde y no teníamos llanta arreglada. Después de un par de horas más de espera, pudimos continuar, pero el viaje comenzaba a hacerse tedioso. 

Sin embargo, continuamos. A lo lejos se encontraba la última caseta de cobro y mientras rebasaba a un camión, otra llanta se ponchó. A lo lejos se encontraba la última caseta de cobro y mientras rebasaba a un camión, otra llanta se ponchó. 

Ya había dejado de llover y el sol había salido, pero tuvimos que detenernos de nuevo, arreglar la llanta y retrasar aún más nuestra llegada. Esperamos de nuevo hasta que por fin nos encontramos en casa, sí desvelados y cansados, pero con bien gracias a Dios. 

¿Cuántas veces pasamos situaciones más difíciles en la vida que se repiten y nos dejan sin fuerzas y sin esperanza? En nuestro caso fueron tres llantas ponchadas, pero nada más, pudo haber sido mucho peor. Muchas veces, sin pensarlo, nos quejamos ante Dios y le reclamamos por considerarlo responsable de nuestra difícil situación, sea grave o no tanto. 

Olvidamos lo que nos dice en 2 Corintios 12:9a: «Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad». Es entonces que, cualquier debilidad, sea una llanta ponchada o una enfermedad terminal, se convierte en una oportunidad para que el poder de Dios actúe en nosotros. 

No importa la situación que estemos pasando: un viaje que se alargó más de lo previsto, un diagnóstico fatal o la muerte de un ser querido, podemos responder con fe porque la Palabra de Dios es suficiente y la gracia de Dios nos basta: «Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo» (2 Corintios 12:9b).


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