Aprendiendo a disciplinar
«Si con solo dos años no logro dominarla, ¿qué haré cuando tenga doce o trece?»
Por Joel Peñuela Quintero
Debió de haber tenido en aquel momento alrededor de dos años. No recuerdo cómo comenzó nuestro desencuentro.
Explayé la mirada cuando se tiró al suelo. Me fusiló con sus dos canicas negras, encapotó el rostro y apretó los dientes. «¡Póngase de pie!», ordené. Mis palabras no sonaron demasiado enérgicas. Dejó de mirarme y se puso tan tiesa como la estatua de la esquina.
La levanté por su bracito, le apliqué una palmada en la nalga izquierda y la solté. Repetí la orden con el tono un poco más alto: «¡Póngase de pie!». Hizo como si no me hubiera escuchado.
Esperé unos segundos. Estaba sorprendido. Una nueva palmada en la otra nalga para no maltratarla al darle en la misma. Esta vez un poco más fuerte. Me miró un momento, luego enterró de nuevo los ojos en el piso donde estaba sentada.
Crucé una mirada con mi esposa. Suspendió lo que hacía y se acercó para observar de cerca el escenario. La levanté por tercera vez. Cuidé de darle esa palmada en medio de las nalgas: «No voy a lastimarla», pensé. Mi mano, sin embargo, quedó ardiendo. Era mi máximo permisible como disciplina física.
Esperaba verla levantarse y llorar, pero no lo hizo. Bueno, lo segundo no, porque me miró con odio, su rostro se desfiguró al apretar la boca, sus ojitos estaban húmedos, pero de ira. Se puso de pie, entró a su cuarto y azotó la puerta detrás de ella.
Yo también me encerré en mi habitación. Unas gruesas gotas cayeron al piso al lado de mi cama. En ese momento me percaté de que estaba de rodillas. «¿¡Qué hago, Señor!?», dije tropezando porque el nudo en la garganta amarraba mis palabras. Recuerdo haber reflexionado: «Si con solo dos años no logro dominarla, ¿qué haré cuando tenga doce o trece? ¿Cómo voy a ayudarla, si aparte de mi autoridad no tengo nada?».
Mi corazón estaba acelerado y un frío de temor me recorrió todo el cuerpo.
«¿¡Qué hago, Señor!?», repetí en medio de sollozos. Enseguida llegaron a mi mente las siguientes palabras: «Con misericordia y verdad se corrige el pecado, y con el temor de Jehová los hombres se apartan del mal». Repetí el texto. Aunque lo sabía, no recordaba la cita. En un par de segundos lo encontré en Proverbios 16:6.
El texto no parecía ser preciso, se sentía como si fuera mi mente y no la voz del Espíritu Santo. Lo rumié mientras oraba, pidiendo entendimiento para aplicarlo con mi pequeño retoño.
Cinco minutos frente a mi Biblia abierta y mi corazón aguado delante del Señor bastaron para clarificar el asunto. Fue entonces cuando hice la promesa: «Señor, (“Con misericordia”) me mostraré siempre benigno con ella, (“…y verdad se corrige el pecado”) jamás le mentiré, (“…y con el temor de Jehová los hombres se apartan del mal”) y le recordaré que deberá rendir cuentas a ti y a mí por cada uno de sus actos».
Unos minutos más tarde, ya calmada, la senté en mis piernas y le expliqué por qué la había disciplinado: «El Señor y yo estamos tristes por tu comportamiento», le dije, «pero te amamos mucho».
Nunca más volvió a tirarse al piso. Salió de la habitación colgada de mi cuello después de darme un abrazo que me puso el corazón chiquitico.
En la actualidad es una hermosa abogada a quien admiro y amo como el primer día, o más. Decidida, de fuerte carácter, recia, tal vez, pero servicial y lo más importante, ama al Señor.
Aprender a disciplinar a un hijo no es fácil, enfrentar tu amor y sensibilidad a su carácter y mal comportamiento puede jugarnos en contra, pero somos responsables de corregirlos. Sin embargo, la palabra del Señor siempre estará disponible para guiarnos y fortalecernos a la hora de disciplinar a nuestros hijos, recordándonos que debemos hacerlo con misericordia y verdad, apuntando siempre al temor que deben tener por el Señor.
«Si con solo dos años no logro dominarla, ¿qué haré cuando tenga doce o trece?»