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10/01/2020

Conocer a Dios desde un ámbito Inexplorado: el Eterno

Era la manifestación del consuelo que necesitaba. Sin más preámbulo, sentí como nunca antes en mi interior, el amor de Dios como un abrazo real

Por Cristian Fonseca M.

Fueron siete años de espera por el milagro. Ya estábamos en el sexto mes de embarazo. Era uno de los inviernos más fríos de los últimos años, pero para nosotros todos los días eran soleados, días de gozo, llenos de expectativas por Mayte (nombre que significa “la más amada”).

Después de una hermosa reunión en la iglesia, mientras yo preparaba el té, escuché el grito ensordecedor de mi esposa desde la habitación de al lado, que me adelantaba un evento inesperado. Era un parto prematuro.

Todo parecía un mal sueño. El contraste era enorme. Apenas dos horas atrás estaba alabando a Dios con manos alzadas y ahora me encontraba en una álgida sala de hospital, decidiendo entre la vida de mi esposa y la de mi hija, con un bolígrafo en mis manos a punto de firmar los protocolos de rigor.

La decisión no podía esperar. El papel decía en mayúsculas: RESPONSABLE. En mi mente había otras palabras: “salven a ambas”. Por fin firmé.

Ocurrió el milagro. Ahí estaba Mayte, muy pequeñita, no como la había imaginado. Cabía en mi mano, pero era mi hija y la amé aún con mayor intensidad. Mi esposa, exhausta después de la intervención no pudo verla sino hasta el día número siete.

Después de quince días de suspenso y de lucha de Mayte por vivir, Dios se la llevó con Él.

¿Que si conocía a Dios antes de esta experiencia? La respuesta es: No, no lo conocía.

Después del funeral le pedí a Dios con persistencia que me hablara. Luego de insistir muchas veces y de hacer la oración más genuina de mi vida, devastado y en el fondo del mar de la duda, Dios me dio una señal.

Era la manifestación del consuelo que necesitaba. Sin más preámbulo, sentí como nunca antes en mi interior, el amor de Dios como un abrazo real. Supe que el Eterno, el Consolador, estaba allí conmigo. No fue una voz audible,  pero esa presencia indescriptible en la habitación llenó mi ser de calor. Luego vino la paz y el consuelo más profundo que puede sentir un ser humano.

¿Que aprendí de todo esto? Que realmente no conocía a Dios, y que todo lo que había aprendido acerca de Él en mis años de estudio de teología, no me había dado un conocimiento de lo que significaba una vida enfocada en la eternidad.

Hay momentos en la vida en donde Dios decide intervenir y a través de eso, nos muestra otra realidad y nos revela lo espiritual, lo eterno.

Un año después falleció mi madre. La semana posterior a su partida, tuve un sueño. Vi a mi madre con una pequeña niña de la mano. Era mi pequeña Mayte ahí junto a su abuela. Sin emitir una sola palabra, me decían: “Esta es la eternidad”.

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