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10/01/2020

Amar con las manos

Si no se nos ha ocurrido que esto es importante, meditemos en cómo implementarlo en la relación parental

Por Laura Castellanos

La mamá estaba jugando con el bebé. Lo elevaba al cielo y cuando descendía lo llenaba de besos y lo abrazaba con ternura. Luego volvía a ponerlo en el suelo para que gateara, hasta que lo volvía a sostener y reían juntos.

Juan, el hijo de tres años, miraba desde la puerta. De repente dijo: «Tú no me quieres  como a Tito». Su madre se inquietó: «Claro que te amo. Te amo todo el tiempo». Juan negó con la cabeza: «Pero no me amas con tus manos».

La pregunta queda en el aire: ¿amamos a nuestros hijos con las manos? El contacto físico es esencial para el ser humano. El sentido del tacto es el más extendido en nuestro cuerpo, pues ocupa toda nuestra piel.

Sin embargo, las estadísticas muestran que la mayoría de los padres no tocamos lo suficiente a nuestros hijos. No los abrazamos ni los besamos ni sostenemos sus manitas. Mucho del contacto físico se limita a vestirlos y asearlos.

Quizá la sociedad ha retraído el impulso de afectividad por temor a que se tome por abuso sexual. Es verdad que muchos adultos se han dedicado a conductas distorsionadas y contra la ley, pero no todo el que abraza a un niño es un criminal.

Como padres, debemos sentirnos con la libertad de amar a nuestros hijos y las caricias son una manera de decirles cuánto los queremos.

A veces pasa que por abusos de nuestro pasado o malas experiencias, nos cuesta trabajo mostrar afectividad. Es muy importante que busquemos ayuda profesional. Parte de nuestra sanidad implica el “redimir nuestras manos” al amar a nuestros hijos.

El niño en los primeros años. Cuando son bebés la lactancia es fundamental y nos da la oportunidad natural de arrullarlos y mimarlos. Tanto niños como niñas necesitan el contacto físico de sus papás. Tristemente, muchos niños pasan horas en una guardería, así que los padres deben asegurarse de que cuando estén en casa reciban muchas muestras de amor.

Se cree erróneamente que los varones pueden afeminarse con tanto contacto físico. Pero los estudios muestran lo contrario. Una relación sana y cariñosa con papá y mamá afirmará la identidad sexual del niño.

El niño en edad escolar. Algunos pensarían que en esta etapa se necesita menos contacto físico. Esto es un gran error. Los niños reciben muchos estímulos fuera del hogar y pasan por problemas académicos y personales, además de la presión de grupo.

Necesitan saber que el hogar es un refugio donde se les brinda amor incondicional.

Ciertamente los padres deberán actuar con sabiduría y quizá no mostrar tanto afecto frente a sus amigos, si eso incomoda al niño, pero en casa, en esos momentos de cercanía, debe haber una fuerte dosis de abrazos y reafirmación. Palmaditas en la espalda, leer juntos en el sillón o acariciar su cabecita, son muestras de afecto que funcionan.

En esta edad ocurren muchos de los abusos sexuales, así que si el tanque emocional del niño está lleno, no buscará cariño en otros. Sus padres serán su fuente primaria de aliento y confianza.

El preadolescente. El trato cariñoso ayudará a su autoestima y podrá resistir mejor la presión de grupo. En esta etapa las niñas necesitan muchísimo el afecto de su padre.

Una niña que se sabe amada por su progenitor está mejor equipada para pensar por sí misma. Si en casa no hay padre, podemos encontrar buenas figuras paternas en un abuelo o un tío temeroso de Dios, con la debida supervisión.

El adolescente. La clave en esta etapa está en el tiempo y el lugar adecuado. Un adolescente se puede distanciar si le mostramos afecto en lugares públicos o en el momento equivocado. Si los abrazos y los besos son rechazados, uno puede ofrecer un masaje después de un día difícil de exámenes o “hacerle piojito”. No obstante, puede que ellos rechacen todo contacto físico.

Lo mejor es respetarlos y conversar con ellos sobre el porqué. Usemos la creatividad. Mostremos cariño cuando se enfermen o se sientan desalentados, juguemos con ellos cuando estén contentos y mostremos que los apreciamos con una palmada o revolviendo su cabello.

No olvidemos “amar con nuestras manos”. Tenemos mucho qué decir con ellas.

Foto por Andrea Hernández

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